Hoy leyendo un artículo de una periodista de @ElUniversal, @VzlaEntreLineas (María Denisse Capriles), acerca del “Veneno del odio” (bit.ly/S4zsGe), un tema muy ligado a la reconciliación y al amor, no es un tema muy alejado al tema principal de la Eucaristía del día de hoy que hace referencia al amor con el cual debemos hacer y tener para las cosas y relaciones interpersonales. Y es que el Apóstol San Pablo dedica un capítulo completo al respecto cuando le escribe a la comunidad de Corinto (1Cor 13):

Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe. Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada. El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tienen en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas. Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto. Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí. En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande todas es el amor.

Y es que sin amor no seríamos seres humanos, no pudiéramos convivir con otras personas, ya que cuanto nos mueve es puro amor. Dios mismo, quien ha hecho todas las cosas, por quien nosotros existimos, es quien nos regala el don del amor a través de Espíritu Santo, y Dios mismo quien se entregó, por voluntad propia, a una muerte tan dolorosa como en de la cruz, y todo fue por amor a la humanidad (Jn 15,13):

No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando.

Y es que el amor se nos muestra también en lo niños, y por eso el mismo Jesús nos dice (Mc 10, 14-15):

 Al ver esto, Jesús se enojó y les dijo: «Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él».

Y, ¿Que niño siente rencor en su corazón? ¿Acaso el niño es capaz de hacerle daño a alguien? ¿No es capaz el niño de reconciliarse con otro después de alguna discusión?. Y es en ese sentido que debemos ser como niños, que no le demos paso al odio en nuestros corazones, sino mas bien abramos nuestros corazones al amor, a ese amor puro y verdadero que es Dios mismo, Padre de Nuestro Señor Jesucristo.

Así pues, abramos nuestra vida al amor, vivamos en común unión (comunión) con nuestros hermanos, pidamos a Dios por aquellas personas que de alguna manera nos han hecho daño, por aquellas personas que no hablan bien de los demás, por aquellos “seres humanos” que llevan la guerra a los otros pueblos, por aquellas personas que roban y matan a los demás. Pidamos también a Dios para que seamos portadores del Evangelio, llevando la paz a los demás, y llevando la caridad a los más necesitados.

Dios y la Ssma Virgen los colmen de bendiciones, fortaleza y sabiduría siempre para seguir adelante en todo!

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