Preámbulo:

Una de las cosas, a mi parecer, que no deja que amemos como debe ser es el rencor. Y es que resulta asombroso, para quienes no creen, que el perdonar nos libera de una carga demasiado pesada.

Y quise escribir este artículo porque me llamó mucho la atención el hecho de que, en la homilía de este domingo pasado XXXII del tiempo ordinario, el Sacerdote quién presidió la Eucaristía, un gran amigo, el Padre José Gregorio Duque, tocó ese tema que es algo bastante interesante e importante para todos nosotros como Cristianos Católicos que somos.

Reflexión:

Y es que para nosotros, los Cristianos, debe ser tan importante el perdonar como el amar:

…Ustedes han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo… (Mt 5, 43 – 48)

Por eso, mas adelante nos dice:

…Entonces se adelantó Pedro y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?». Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete… (Mt 18, 21 – 22)

Y eso no quiere decir que serán 490 veces, porque estaríamos limitando la acción de Dios en nosotros. Es simplemente una manera de decir que no hay limites para perdonar a los demás. Y si no perdonamos ilimitadamente, entonces ¿Dios nos perdonaría ilimitadamente? Porque eso es lo que pedimos en el Padre Nuestro:

Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. (Mt 6, 12)

Si nosotros perdonamos pocas veces, ¿como podemos entonces pedirle a Dios que nos perdone incontablemente?

Y, ¿cuál fue la mejor enseñanza que Dios nos ha dejado con respecto al perdón? Porque el hecho no es decir las cosas para que las demás personas aprendan, es que eso que decimos debe ser parte de nosotros, y en eso se caracterizó Cristo Jesús, y por eso muchas personas (hasta el sol de hoy) le creemos, porque aquello que proclama es parte de su vida misma.

¿Cuál es esa enseñanza? Estando en el calvario, incluso en ese momento que lo estaban crucificando, suplicó al Padre del Cielo por nosotros:

… Cuando llegaron al lugar llamado «de la Calavera», lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»… (Lc 23, 33, 34)

No sólo por aquellas personas que estaban presentes en el momento de la crucifixión, sino también por cada uno de nosotros que, no nos importa cuánto Él pasó para salvarnos, y seguimos una y otra vez crucificándolo cuando cometemos algún pecado, cual sea que fuere.

Y todavía así, Él mismo nos espera en el sacramento de la confesión, realmente presente en ese momento. No es el sacerdote quien se encuentra allí, es Cristo mismo quién se ha quedado en el calvario absolviendo tus faltas y dejando nuestra alma pura y sin mancha.

Y para ello, nos regala, no sólo una vida nueva, sino una vida eterna, llena de plenitud y amor:

…Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino». El le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso»… (Lc 23, 39 – 43)

Despedida:

Por eso, perdonemos de corazón a todo aquel que nos haga algún daño. La promesa de Cristo es verdadera. Seamos y vivamos el pan de vida que Él nos ofrece, y nos daremos cuenta que estaremos viviendo desde ya en el Reino de los Cielos, sigamos su vida en nuestros corazones.

Recordemos siempre, es mejor perdonar que ser perdonados, porque aquél que perdona de corazón (como lo dije antes) se quita un gran peso de encima, en cambio el perdonado no se quita nada porque no ha cargado con ninguna culpa.

Seamos portadores del Amor de Dios en nuestro corazón y en nuestra vida, seamos copartícipes de la comunión eterna con el Padre Dios, quien a pesar de nuestras faltas no deja de perdonarnos y de buscarnos para que estemos con Él.

Por eso, bendito sea Dios, porque nos ama en cada instante, porque nos cuida y nos guía a través de su Palabra y su Vida; bendito sea Dios porque no cesa de llamarnos a la conversión y no deja de invitarnos a compartir nuestro amor y nuestro perdón con los demás.

Dios y la Santísima Virgen los colmen de bendiciones, los guíen por el camino del bien, los llenen de su misericordia infinita, los acompañen siempre por donde vayan y los haga hombres y mujeres de paz.

Dios les bendiga hoy, mañana y siempre.

Un fuerte abrazo de paz y amor en Cristo Jesús, Salvador nuestro.

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