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Antes de escribir sobre esta maravillosa experiencia, al menos así lo fue para más de 3 millones de personas, me parece conveniente definir que es una JMJ.

La JMJ (siglas que provienen de Jornada Mundial de la Juventud), es un evento Católico que reúne a miles de jóvenes de todo el mundo a reunirse con el Papa. Estas jornadas se realizan todos los años en cada diócesis del mundo el Domingo de Ramos, pero cada 2 o 3 años se hace un encuentro mundial de jóvenes de todo el mundo, dependiendo de las actividades locales que tenga el país o la ciudad que ha sido elegida como sede. Este año, la JMJ tuvo lugar en la ciudad de Río de Janeiro, Brasil, y contó con la participación de aproximadamente 3.7 millones de personas, entre ellos estábamos más de 60 mil voluntarios nacionales e internacionales; y digo “estábamos” porque, gracias a Dios, tuve la oportunidad de estar contado entre ellos.

La postulación para ser voluntario internacional comenzó aproximadamente en febrero del pasado año 2012, y se comenzó a elegir a las personas para este voluntariado entre los meses de julio y agosto del mismo año. Yo aparecí desde ese primer listado. Fuimos muchos los seleccionados, y a medida que iban pasando los días, personas se iban retirando del voluntariado, por diversas razones. Hubo entre 3 y 4 momentos para seleccionar a esos voluntarios internacionales, para poder tener aproximadamente 2500 voluntarios de diferentes partes del mundo, excepto de Brasil.

Desde ese primer momento comenzó nuestra labor de voluntario, realizando las diferentes formaciones que nos hacían llegar, orando por cada uno de nosotros, animando a más personas para que se postulen y trabajen en esta jornada, invitando a las personas para que participen como peregrinos, y así no pararía de contar las cosas que tuve que hacer como voluntario…

Gracias a Dios, conté con un grupo muy especial de voluntarios internacionales que, en momentos difíciles, ellos me animaban a seguir adelante. Este grupo lo llamamos LA FAMILIA JMJ, y realmente ha sido una bendición trabajar con ellos desde el principio. Todos sin conocernos, formamos ese grupo y realmente se convirtió, desde varios meses antes de dar inicio a la JMJ, en una familia. Han sido muchos momentos que hemos compartido a distancia, momentos muy duros, momentos muy felices, momentos de oración, y en algunos casos, momentos de discusiones; pero esos momentos nos llevaron a crecer en muchos sentidos, y a cada uno de ellos les doy las gracias por esta magnífica experiencia que me han estado dando en todo este tiempo.

También conté con el apoyo de mi familia natural, mi mamá, mis hermanos, mi novia y su familia, mis tíos y primos; algunos compañeros de trabajo también me ayudaron a crecer en muchos aspectos, y mi familia parroquial que también estuvieron apoyándome y dándome ánimos para seguir. Quiero darles las gracias a cada uno de ustedes también, porque me han soportado y aguantado en todo este tiempo, y porque de ustedes siempre estoy aprendiendo algo nuevo.

En cada una de las personas que he conocido, desde el inicio de mi voluntariado, he podido ver el rostro de Cristo. Y esta es la experiencia más maravillosa que he tenido, como ver en cada ser humano un único rostro, un único ser, una única persona; como poder palpar y sentir el amor de Dios en medio de nosotros, donde la inmensa mayoría no nos conocíamos, pero llevamos un mismo fin: buscar, encontrar y ayudar a Cristo. Y es que ese era nuestro trabajo como voluntarios, en el fondo de todo lo que hacíamos era eso, buscar, encontrar y ayudar a Cristo. (Cf Mt 25, 31 – 46)

Como anécdota de esta experiencia, que fueron muchas, es las veces que nos llegaban a preguntar por alguna dirección, y ya con el hecho de decir “hablo español”, la alegría que todas las personas de habla española mostraban hacían que nos contagiaran a cada uno de nosotros; solamente con decir esa frase, los rostros de las personas cambiaban radicalmente, de una preocupación (en muchos casos) agobiante a una felicidad incontable.

También con el simple hecho de decir “buenos días”, “bom dia” o “good morning”, era motivo más que suficiente para que las personas que pasaban sonrieran; sólo con el hecho de saludarlos hacía de sus días algo diferente. Y no puedo borrar de mi mente tantos cambios de rostros que vi, simplemente por un gesto que se nos ocurría o por una palabra que decíamos.

Como experiencia, también debo comentar que haber llegado días antes de la jornada me sirvió de mucho, porque pude conocer otras personas, otros lugares, otra parte muy diferente a lo que las personas piensan de lo que es Río de Janeiro. Haber visitado una obra social dentro de una favela no pacificada, compartiendo con niños de escasos recursos, marcó el inicio de esta jornada para mí. Haber ido a una favela pacificada por teleférico también marcó la JMJ en mí. Y, por supuesto, compartir con LA FAMILIA JMJ fue una experiencia que no se me va a olvidar nunca, haber conocido a cada uno de ellos de manera personal y compartir sus culturas.

Algo que también me llamó mucho la atención fue como los brasileños se quisieron esmerar en aprender español, únicamente porque querían comunicarse con nosotros, únicamente para que nosotros no nos esforzáramos en aprender portugués y no tener problemas al momento de comunicarnos.

Y la Palabra de Dios se vivió tan fuerte en medio de nosotros, que sin darnos cuenta dejamos absolutamente todo en nuestros países, y literalmente recibimos el 101% (Cf Mt 19, 29; Mc 10, 29s; Lc 18, 29s). Y como salieron padres por todos lados y en mi caso fui adoptado casi literalmente, salieron hermanos de todas partes del mundo. Nunca antes me había sentido tan cómodo por haber dormido en el suelo (en una bolsa de dormir, o como se le llama en inglés, en un sleeping bag) por tanto tiempo.

Literalmente, se nos concedió una frase muy divertida que tenemos en LA FAMILIA JMJ, porque nació a partir de una broma, “Lo dejé todo y no se me quedó nada. Esa es la actitud”, Lo dejé todo, dejé mi familia, dejé mis amigos, dejé mi trabajo, dejé la comodidad de una cama, dejé la comodidad de un aire acondicionado (por el calor de mi ciudad), dejé la comodidad de ver TV, dejé tantas cosas aquí en mi ciudad que de una u otra manera me hacían sentir bien; pero no se me quedó nada, no se me quedó aquello que realmente me hacía falta para estar allá: a Cristo.

En definitiva, no tiene comparación sentir el amor de Dios tan de cerca, ver con nuestros propios ojos todas las bendiciones que recibimos, como ha sido Cristo de generoso con cada uno de nosotros.

Vivir la JMJ como voluntario no tiene precio, tiene un valor incalculable en cada uno de nosotros, a pesar del trabajo que tuvimos, porque fue mucho lo que tuvimos que hacer. En mi caso muy particular, hubo días que me levantaba a la 5:30 am (hora de Río de Janeiro) para poder llegar temprano al sitio que me correspondía, y fácilmente eran las 7:00 pm y yo seguía allí, bien sea porque no llegaron otros voluntarios, o porque éramos pocos, o simplemente los demás hacían otro trabajo y no se podían levantar a hacer otra cosa que no sea eso. Varios de esos días almorcé a las 6:00 pm porque no había la posibilidad de hacer el cambio de turno y debíamos seguir trabajando. Fuimos un grupo bastante unido y nos complementamos perfectamente como equipo de trabajo, tomando en cuenta que hablábamos idiomas diferentes (Inglés, Francés, Español, Portugués, entre otros), de nacionalidades muy diferentes (Kenia, Brasil, Canadá, Argentina, Uruguay, Paraguay, México, Colombia, Venezuela, Nicaragua, entre otros).

Nosotros, el voluntariado, no fuimos con la intención de ver al Papa, aunque todos me decían que lo iba a tener de cerca, que iba poder tocar al Papa, que iba a hacer no sé qué otras cosas. Y bueno, resultó que no fue así, no vi al Papa como la mayoría de las personas pensaban, y es más, no lo vi realmente. Pero eso no indica que no haya vivido la JMJ como la viví. Eso no quiere decir que la JMJ para mí no valió la pena, porque sólo con el hecho de haber encontrado a Cristo en cada persona que estuvo allá, bastó y sobró para tener esta experiencia tan incomparable y tan indescriptible.

Son muchas cosas que me faltan por contar, son muchas lágrimas que se tuvieron que derramar, son muchos corazones contritos que se tuvieron que dejar, son muchas anécdotas que por siempre quedarán.

Espero que muchos se sientan llamados a participar en la próxima JMJ, espero llegar a Cracovia en el 2016 y ver caras conocidas, pero espero ver muchísimas más caras nuevas, espero estar nuevamente dentro de las filas de los voluntarios de la próxima jornada y poder servir de nuevo a Cristo de esta manera tan especial.

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