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Cuando Pablo les impuso las manos, descendió el Espíritu Santo… Ese mismo Espíritu que nos hace hablar del Reino de los Cielos, ese mismo Espíritu que nos hace amar a nuestro prójimo, ese mismo Espíritu que nos da esa paz que el mundo no nos puede ofrecer, ese mismo Espíritu que nos impulsa a perseverar en la fe.

Y para recibir ese Espíritu Santo, debemos estar renovando constantemente nuestra fe, debemos confirmar constantemente nuestra vocación de santidad, debemos purificar nuestro espíritu, para que así, ese mismo Espíritu que se nos ha entregado avive en nuestros corazones el deseo de seguir a Cristo, que clavado en la cruz, nos dio todo su amor y su perdón.

Por tanto, amados hermanos, no busquemos las bienes de este mundo, más bien, procuremos los bienes celestiales por medio del Espíritu Santo para que tengamos vida en abundancia y la vida en el amor de Dios, vida que ya podemos experimentar si renovamos constantemente nuestro bautismo y confirmamos continuamente nuestra fe en el Único y verdadero Dios.

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