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No acumulen ustedes tesoros en la tierra, dónde la polilla y el moho la destruyen (Mt 6, 19)… Primeramente porque no somos de este mundo, desde el bautismo comenzamos a ser ciudadanos del Reino de Dios, de la Ciudad Santa, de la Jerusalén Celestial.

Si nos preocupamos más por las cosas de este mundo que de la vida eterna, que nos vamos a llevar? Acaso todo el dinero acumulado, o todos los bienes, o nuestros familiares nos lo vamos a llevar con nosotros?

Desnudos llegamos a este mundo y desnudos nos vamos de él. Y, por que preocuparnos por la cosas de esta tierra? Miremos como Dios les da de comer a los pájaros, miremos como Dios viste de gala a las flores. Si Dios hace eso con los pájaros y con las flores, que no hará por nosotros que somos sus hijos?

Pongamos nuestro corazón en los bienes eternos, en los bienes que fortalecen el espíritu, en los sacramentos, visitando enfermos, ayudando al prójimo, visitando a los encarcelados, dando de comer al hambriento, dando de beber al sediento, y la no menos importante, llevando el mensaje de salvación a todos los pueblos, anunciando que Cristo Jesús entregó su vida para nuestra salvación y que ha resucitado de entre los muertos y sigue vivo en medio de nosotros.

Y sí, queridísimos hermanos, Cristo Jesús está vivo en medio de nosotros, en la Santa Eucaristía, por tanto, anunciemos esa gran noticia a todas las naciones, hagamos ver a todos que al Amor de Dios está en nuestros corazones, hagamos sentir la presencia del Espíritu Santo en medio de la Iglesia, y busquemos con el corazón abierto al Padre que ha querido entregar a su Hijo único por nosotros para nuestra salvación.

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