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María guardaba y meditaba todo en su corazón (Lc 2, 19)… Como toda persona sencilla y humilde, haciendo aquello que dice la Palabra de Dios, observando aquello que hace el Hijo de Dios, y cuidando al Salvador que viene de Dios.

El corazón de María es un corazón puro, lleno del Amor de Dios, lleno de una experiencia única de Dios, lleno de testimonios, lleno de angustias, lleno de felicidad, lleno de la vida de Dios. Una experiencia de Dios que ninguna otra persona podrá tener, llevando en su ser al Unigénito del Padre, alimentandolo, formandolo, enseñándole a caminar, a hablar, a leer. Quién más a tenido el privilegio de hacer esas cosas con Dios? Quién más ha podido ver con tanto detalle la vida de Cristo?

Sólo María, de su sencillez y en su humildad, ha podido tener esta experiencia de Amor tan cerca con Dios, sólo el corazón de María ha podido experimentar el dolor de, no sólo ver a su Hijo sino de, ver al Hijo de Dios morir en la cruz por amor a la humanidad, un amor a nosotros que también experimenta el corazón de María cuando no interviene en las decisiones de su Hijo al darse por completo en la cruz para salvarnos por nuestros pecados.

Sólo a través de la meditación desde, en y con el corazón, tal como lo hizo María, podremos entender el plan que tiene Dios para cada uno de nosotros, sólo a través de la humildad de corazón, tal como el corazón de María, podremos dar ese SÍ, ese HÁGASE SEGÚN TU PALABRA, a ese plan de Dios para nosotros, a ese plan de salvación que el Señor quiere que sigamos y experimentemos, porque es para que vivamos en Él en la vida eterna.

Por tanto, mis amadísimos hermanos, sigamos el ejemplo de María Virgen, abramos las puertas de nuestro corazón a la Palabra de Dios, guardemos todas las cosas que nos suceden en el corazón y meditemosla allí, tengamos un corazón humilde y aceptemos el plan que Dios tiene para cada uno de nosotros, porque es un plan de Amor y de salvación.

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