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Tomás le dijo: Señor mío y Dios mío (Jn 20, 28)… Esta respuesta de Tomás es la que cada uno de nosotros expresamos cuando tenemos un encuentro con Jesús, pero no un simple encuentro, no un encuentro superficial, cada encuentro con Cristo conlleva una transformación desde dentro, desde el corazón, cada encuentro con Cristo nos lleva a vivir en un camino de santidad, nos impulsa a imitar su vida.

Y es que, imitar la vida de Cristo Jesús es cumplir la Ley de Dios, imitar la vida de Cristo es amar a nuestros enemigos, imitar la vida de Jesús es entregarse al Padre y aceptar con el corazón al Espíritu Santo, imitar la vida de Cristo Jesús es creer que Él ha muerto por nosotros y que ha resucitado de entre los muertos.

Y sí, mis amados hermanos, Cristo Jesús ha resucitado de entre los muertos y se encuentra en medio de nosotros. Creamos en Él quién es el dador de vida, quién es la Palabra eterna del Padre, quién es el Señor de todo lo creado. No pidamos ver milagros, al contrario, creamos en esa Palabra que alumbra nuestro camino, creamos en la Palabra encarnada que es Jesucristo, y no seamos incrédulos sino creyentes.

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