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Lávense y purifiquense; aparten de mí sus malas acciones. Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien (Is 1, 16 – 17)… De que nos hemos de purificar? Que debemos lavarnos? Nos hemos de purificar del pecado que venimos cometiendo continuamente, hemos de purificarnos de toda aquella mala acción que tenemos en nuestros corazones. Lavemos nuestra alma y nuestro corazón con la Sangre del Cordero de Dios, lavemos nuestra vida haciéndonos humildes delante de Dios, no dando en sacrificio cualquier cosa, sino participando del sacrificio de Cristo en la cruz, participando de la mesa Eucarística entregando nuestro corazón contrito, viviendo de la entrega que hizo Jesús en su padecimiento por nosotros y nuestros pecados.

Debemos aprender a hacer el bien, debemos aprender a ser verdaderos mensajeros de la paz, debemos aprender a llevar el Evangelio a todas las naciones, porque, para quién será el beneficio? Quién obtendrá el gozo por hacer todo eso, quién lo hace o quién lo recibe? Quién recibirá el premio de la vida eterna, quién hace el bien o quién lo recibe?

Por tanto, mis amadísimos hermanos, no nos apartemos del amor de Dios, dejemos de hacer el mal, entreguemos nuestras vidas a nuestro Señor Jesús, quién con su Sangre blanquea nuestro espíritu, entreguemos nuestro corazón humillado al Espíritu Santo para que lo santifique y lo llene de vida, entreguemos nuestra alma al Padre de los cielos para que lo transforme y nos haga capaces de hacer las cosas de Él aquí en la tierra.

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