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¿Acaso no es éste el hijo del carpintero? (Mt 13, 55)… Pero, y no se hizo pobre para salvarnos? Y no dejó el cielo para redimirnos? Y acaso ese mismo hijo del carpintero no quiso nacer en un pesebre? Entonces, por qué no creemos en Él? Por qué se nos hace difícil creer en Cristo, que puede restaurar nuestros corazones y puede perdonar nuestros pecados? Por qué se nos hace difícil centrar nuestra mirada en Cristo Jesús, Dios y Salvador nuestro? Por qué lo vemos siempre como un hombre que hace magia y habla “bonito”?

Sí, Él mismo es el hijo del carpintero. Sí, Él mismo es el hijo de María Virgen. Sí, Él mismo perteneció a una tribu de Israel, de dónde son sus parientes. Sí, Él mismo es quien es. Sí, Él mismo es quien entregó su vida por ti y por mi. Sí, Él mismo es quien quiso derramar su Sangre en la cruz para salvarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte. Sí, Él mismo es.

Por eso, mis amadísimos hermanos, no dudemos de Cristo Jesús, reconozcamos que es Dios delante de los hombres, que nació de María Virgen, que vivió en un pueblo judío, que tuvo familia, parientes, primos, tíos, padres que estuvieron todo el tiempo con Él, y que vive en medio de nosotros hoy que somos sus padres, sus tíos, sus primos, sus hermanos, su familia. Reconozcamos que Él viene de lo Alto para salvarnos y para reconciliarnos con el Padre Dios.

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