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Sus holocaustos y sacrificios serán gratos en mi altar, porque mi casa será casa de oración para todos los pueblos (Is 56, 7)… Y cuales serán esos holocaustos? Cuales son esos sacrificios? No es más que nuestros corazones humillados, nuestros corazones sencillos que tienen grabado la Ley del Señor y las cumplen, nuestros corazones que gritan por justicia y derecho, nuestros corazones que luchan por la paz y por la vida, que se entregan en el altar de Dios en cada Eucaristía, que es Cristo Jesús.

Y es que Él mismo, siendo víctima, sacerdote y altar, entrega al Padre esos holocaustos mediante su sacrificio en la cruz, mediante su sacrificio como Cordero, su sacrificio como ofrenda agradable al Padre, ese sacrificio que restauró de una vez y para siempre la comunión entre el cielo y la tierra, que restauró de una vez por todas el vínculo perdido entre Dios y los hombre.

Por tanto, mis amadísimos hermanos, unamos nuestro espíritu al de Cristo Jesús, dejemonos transformar por Aquel quién es el sacrificio perfecto, tengamos un corazón sencillo para que sea una casa perfecta a Dios, dónde siempre ha querido habitar y dónde siempre ha querido quedarse para salvación de cada uno de nosotros.

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