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Pero había en mí como un fuego ardiente, encerrado en mis huesos; yo me esforzaba por contenerlo y no podía (Jer 20, 9)… Y es que el Amor de Dios, si no se comparte, quema; y es que la Palabra de Dios, después de recibida en el corazón, si no es transmitida es como un fuego que arde en nuestra alma y nos consume por dentro; y es que vivir el Evangelio, si no se da testimonio de ello, es como una llama ardiente en nuestros corazones.

Porque toda experiencia con Dios nos invita a actuar, nos invita a ponernos en movimiento, nos invita a proclamarlo en todas partes, nos invita a estar más cerca del otro, nos invita a ser compasivos y caritativos con el más necesitado, y ¡Ay de nosotros si no proclamamos su bondad y su misericordia! ¡Ay de nosotros si no actuamos! ¡Ay de nosotros si no lo proclamamos! Nuestra boca se llena de alegría, proclamando las maravillas del Señor, nuestra vida se transforma en felicidad que rejuvenece nuestro espíritu y nuestro corazón.

Por tanto, mis amadísimos hermanos, vivamos con alegría la Buena Noticia, dejemonos encontrar por Dios, dejemoslo entrar en nuestros corazones, sintamos ese fuego ardiente en nuestro espíritu que nos impulsa a dar la vida por los demás, que nos impulsa a llevar la Palabra de Dios en nuestras vida, y que nos lleva a la vida eterna.

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