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Cuando el pecador se arrepiente del mal que hizo y practica la rectitud y la justicia, él mismo salva su vida (Ez 18, 27)… Porque aquel que se arrepiente del mal y comienza a hacer el bien, es porque está aceptando a Dios en su corazón, le ha abierto las puertas de su corazón, y el Espíritu Santo ha comenzado a transformar su vida, ha comenzado a cambiar ese corazón de piedra en un corazón de carne.

Y es que el verdadero amor transforma los corazones más duros, el verdadero amor abraza tan fuerte que ahoga el pecado, rompe los corazones de piedra, elimina las espinas de la amargura, humedece el espíritu, reconstruye las heridas, alivia las penas; y todo es porque el Señor Jesús ha tocado a esa persona y esa persona se ha dejado tocar por Cristo Jesús.

Por tanto, amadísimos hermanos míos, abracemos también el verdadero amor, ese amor que Cristo Jesús nos ha querido dejar cuando se entregó a la cruz, dejémonos amar por Aquel que nos creó y nos ha dado la vida, para que seamos felices junto a Él, sigamos el ejemplo de la Ssma Virgen que amó y abrazó a Aquel quién le dio la vida.

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