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Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven (Lc 10, 23)… Porque no estamos viendo cualquier cosa, no es cualquier persona que vemos, porque no sólo vemos los milagros, porque no sólo vemos como nosotros pudiéramos realizar milagros, sino que vemos, no con nuestros propios ojos sino con los ojos del espíritu, los milagros que hace el Señor todos los días, vemos como se manifiesta Cristo en medio de nosotros.

Y es que nuestros padres, los de la antigua alianza, esperaban ansiosamente ver al Unigénito de Dios Padre, y todavía hoy en día el pueblo judío espera con ansias la venida del Mesías, esperan la venida de Cristo, esperan a Aquel que los librará del pecado y de la muerte, pero Él ya vino y nos ha dado el poder de hacer esos milagros en su nombre, hacer esos prodigios que sólo por medio del Espíritu Santo somos capaces de realizar.

Por eso, amadísimos hermanos míos, alegremonos, no sólo porque seamos capaces de hacer milagros, no sólo porque somos capaces de curar enfermos, de hacer caminar paralíticos, de sanar heridas, sino más bien porque nuestros nombres están escritos en el Libro de la Vida, porque hacemos la voluntad del Padre, porque llevamos la Buena Nueva a todas las naciones.

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