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Señor, enseñanos a orar como Juan enseñó a sus discípulos (Lc 11, 1)… Y no hay mejor oración que aquella que nos dejó, no hay oración más completa, no hay oración tan perfecta, porque en esa simple oración alabamos a Dios, pedimos el Reino de los Cielos habiéndose la voluntad de Él, le pedimos por nuestra comida diariamente, suplicamos perdón de la misma manera en que perdonamos, y por último le suplicamos que nos libre de todo mal, que no nos de la oportunidad de ver al maligno.

Y es que toda oración debe ser así, una alabanza a Dios primeramente, porque sino a quién se la dirigimos? Luego que se haga la voluntad de Él, y por que hacer nuestra voluntad si Él conoce todo y sabe lo que es mejor para nosotros? Además, le pedimos el alimento diario, porque es Él quién lo proporciona, es Él quién nos da es poder trabajar para obtenerlo.

Por eso, amadísimos hermanos míos, no dejemos nunca de orar, tampoco debemos dejar que la oración perfecta la desvirtúen por cosas vanas, políticas principalmente, cada vez que hagamos esta oración, sea de corazón, sin apuros ni en carrera, no hagamos esta bellísima oración por hacerla sino meditando cada palabra, cada frase.

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