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Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente, que por 99 justos, que no necesitan arrepentirse (Lc 15, 7)… Y es que no hay nada más grande que una persona reconozca humildemente que se ha equivocado, que se arrodille delante de Dios y confiese con un corazón humillado sus culpas, que con sencillez se declare culpable de los males que ha hecho y el bien que ha dejado de hacer.

Y es que Cristo fundó la Iglesia, no para que se llene de santos, no para que los justos y sabios estén en ella, sino para que los pecadores tengamos acceso a la salvación, para que en el camino por este mundo entreguemos nuestra vida a Aquel quién nos la dio, para que amemos sin medida, para que Aquel que es Santo nos santifíque, para que quienes somos pecadores aprendamos la justicia de Dios, para llenarnos de su sabiduría divina.

Por eso, amadísimos hermanos míos, dejemonos amar por el Señor, dejemonos encontrar cada vez que nos descarriemos, cada vez que tomemos el camino equivocado, cada vez que pecamos, arrodillemonos delante de Él con un corazón siempre humilde, para que así celebremos junto a los ángeles y a los santos del cielo.

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