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Cuando Jesús estuvo cerca de Jerusalén y contempló la ciudad, lloró por ella (Lc 19, 41)… Lloró porque sabía que la destruirían y que nada podía hacer, lloró por ella porque quienes dirigían al pueblo la llevaban por el camino equivocado, lloró por ella porque tuvo compasión de sus habitantes, lloró por ella porque sabía que estaba cerca la hora de entregarse y su pueblo sólo buscaba condenarse y no le importaba salvarse teniendolo a Él tan cerca.

Y no sólo llora y lamenta la destrucción de Jerusalén, llora y lamenta cada día que alguno de sus elegidos busca su propia perdición, que teniendolo tan cerca no acudamos a Él para salvarnos, llora y lamenta todos los días porque nosotros nos desviamos del camino de salvación, llora y lamenta que no tomamos en cuenta sus enseñanzas, que nos conducen a la vida eterna, al amor, a la paz.

Por eso, amadísimos hermanos míos, veamos siempre de que manera Cristo se entregó por nosotros, veamoslo crucificado para la salvación de nosotros, veamos como sufre clavado en el madero para que nosotros tengamos la libertad de amarlo, seguirlo, adorarlo, contemplarlo, miremos sus heridas que las quiso padecer por amor a cada uno de nosotros, miremos como fue su entrega para liberarnos de la esclavitud del pecado.

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