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Todos comieron hasta saciarse, y llenaron siete canastos con los pedazos que habían sobrado (Mt 15, 37)… Y es que Jesús es el pan bajado del Cielo, Cristo es quién vino a saciarnos de la sed y del hambre, porque quién coma su Cuerpo y beba su Sangre ya no tendrá más hambre ni más sed.

Y es que todos los días podemos ver el gran milagro que Cristo hace por nosotros, de multiplicar el alimento que nos lleva a la vida eterna, todos los días hace el gran milagro de entregarse con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Santa y Sagrada Eucaristía, sacrificio que se renueva constantemente para entregar nuestros sacrificios, nuestras vidas, nuestros corazones, sacrificio que se renueva a cada instante para nuestra salvación.

Por eso, mis amadísimos hermanos, prestemos suma atención en cada celebración Eucarística que participemos, veamos el gran milagro que se nos presenta ante nuestros ojos, arrodillemonos y adoremos a Aquel quién se hace presente y hace el sacrificio que es agradable al Padre, y es a quién la Santísima Virgen nos presenta constantemente cuando la invocamos y le pedimos por cualquier necesidad, vivamos intensamente cada momento Eucarístico para renovar nuestro espíritu y nuestra alma.

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