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Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava (Lc 1, 47 – 48)… Y es que Dios tiene una predilección muy especial por los que son humildes de corazón, por aquellos que en su corazón lo acogen y guardan su Palabra, y con razón, porque el que es humilde de corazón sabe que sin Dios nada puede hacer, sabe que sin Dios es una persona muerta, sin vida.

Y cuando la persona humilde tiene su encuentro con el Señor, su alma no hace más que glorificar a Dios, no hace más que alabarlo y darle gracias por todos los acontecimientos de la vida, su espíritu se llena de gozo en Aquel a quién ha llamado, se llena de una alegría muy especial que sólo proviene de quién nos viene la vida, se colma de una felicidad muy particular, que nada ni nadie le podrá quitar.

Por tanto, mis amadísimos hermanos, tomemos como ejemplo a la Santísima Virgen María, seamos humildes de corazón, dejemos que nuestro corazón se llene de alegría y felicidad en Aquel que nos ha amado tanto y que nos sigue amando, pidamosle a nuestra Madre del Cielo que nos enseñe a ser como ella, que nos guíe hacia su Hijo Jesús, busquemos siempre la humildad de corazón para que llevemos así a Cristo Jesús en nosotros en todo momento.

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