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Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino testigo de la luz (Jn 1, 6 – 8)… Él sólo vino para prepararle el camino al Mesías, no era el Mesías, vino a decir quién era el salvador del mundo, mas él no era el salvador del mundo, pero así como andaban los judíos así estamos nosotros hoy en día, desesperados por ver a algún salvador, y no nos damos cuenta de quién lo es verdaderamente, muchas personas se presentan como lo hizo Juan el Bautista, pero no tienen la valentía de decir “Yo no soy, viene detrás de mí”, y se dejan influenciar de la situación y cometen el error de decir que sí son quien ha de venir.

Juan el Bautista sabía claramente quién era, a que vino a este mundo, que debía hacer, no vino a usurparle el puesto a quién habría de venir, vino a ser testigo de Ése que llegó para quedarse en medio de nosotros, Juan vino para que todos crean en el Mesías, no vino para que crean en él, no vino para hacerse famoso, no vino con intención de darse un puesto entre la sociedad, sino para darle paso al Redentor.

Por tanto, mis muy amadísimos hermanos, seamos como Juan el Bautista, reconozcamos que hemos venido para ser testigos del amor de Cristo, reconozcamos que venimos sólo a preparar el camino del Señor a aquellas personas que no han recibido la Buena Noticia, reconozcamos que sólo somos instrumentos del Señor, no dejemos que los halagos que podamos recibir nos hagan pensar otra cosa sino sólo que vamos cumpliendo nuestra labor de llevar el Evangelio a los demás.

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