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Después de despedirlos, se retiró al monte a orar (Mc 6, 46)… Pero no los despidió vacíos, los despidió después de haberlos alimentado tanto del pan espiritual como del pan material, después de haberlos instruido con la Palabra de Dios y después de haberse saciados del Gran Milagro realizado en medio de ellos, de la multiplicación de los panes.

Y después de haberlos despedido y haber quedado sólo, subió al monte a orar, a estar en contacto con el Padre a unirse a Él en el amor verdadero, a pedirle por aquellas personas que se habían ido, que habían recibido aquel alimento del cuerpo y del alma, que habían escuchado su voz atentamente, que habían tenido la experiencia de escuchar el amor que Él nos tiene, su Evangelio.

Por tanto, amadísimos hermanos míos, vivamos en el amor de Dios, escuchemos atentamente su Palabra, dejemonos instruir por su Evangelio, alimentemonos del Pan de la Palabra y del Pan Eucarístico que son el verdadero alimento del cuerpo y el alma de cada persona, de cada cristiano que acepta, vive y proclama la Buena Noticia a los demás hermanos.

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