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Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mio estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado (Lc 15, 23 – 24)… Quien no festejaria después de haber encontrado algún familiar extraviado? Quien no haría una fiesta por ver nuevamente a un hermano que vivía lejos? Que padre o madre no se llenaría de gozo viendo que un hijo sale de alguna prisión? Que padres no hacen hasta lo casi imposible para sacar a su hijo del mal camino? Y, que hijo no se arrepentirá después de darse cuenta de no ha obrado bien con sus padres?

Y es que nuestro Padre celestial nos busca incesantemente, y es que nuestro Padre del Cielo busca incansablemente la conversión de sus hijo, y cuando alguno de nosotros se convierte, cuando alguno de nosotros se arrepiente de corazón, cuando alguno de nosotros vuelve a buscar a Dios, Él hace un festín por todo lo alto, nos recibe con un abrazo caluroso, nos limpia de esa inmundicia que cargamos encima del pecado, nos coloca el gran traje de gala, el traje de la santidad.

Por eso, mis amadísimos hermanos, busquemos siempre reconciliarnos con Dios, para eso nos ha dejado el sacramento de la reconciliación, asistamos a ese gran festín que nos prepara siempre que es la Eucaristía, vistamonos siempre de ese traje de gala, el traje de santidad, que es el traje de la luz y no el de la oscuridad.

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