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María contestó: “Yo soy la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que has dicho” (Lc 1, 38)… María, llena de humildad y sencillez, no pudo expresar mejor oración que ésta, y de hecho, no hay mejor frase humilde, sencilla y llena de amor; porque si dejamos que la Palabra de Dios se cumpla en nosotros, nuestras vidas se transformarían, seríamos mejores personas, no existiría el odio ni la venganza, ni guerras ni asesinatos, ni robos ni secuestros; mas bien existiría entre nosotros el amor, la comprensión, el perdón, la reconciliación, la paz.

Dejar que se haga la voluntad del Padre, es dejar que Él actúe en nosotros, es colocarnos en las manos de Dios, porque mejor es el plan de vida que Él tiene para nosotros que nuestro propio plan, y si es que tenemos uno, porque muchas veces vivimos nuestra vida por vivirla, y no nos damos cuenta de las cosas maravillosas que pasan todos los días en nosotros, por nosotros, para nosotros y con nosotros.

Por tanto, mis amadísimos hermanos, pongamos siempre nuestras vidas en las manos de nuestro Señor, busquemosle siempre, escuchemos su Palabra, dejémonos guiar por su voz, y aceptemos con un corazón humilde y sencillo su plan de salvación.

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