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Después de escuchar las palabras del ángel, las mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro, y llenas de temor y de alegría, corrieron a dar la noticia a los discípulos (Mt 28, 8)… Estaban llenas de temor porque han visto que el Señor no está muerto, sino que ha resucitado, la alegría de saber tan grandiosa noticia, de haber visto con sus propios ojos a Jesús resucitado.

Y esa misma alegría las impulsa a llevar la Buena Noticia a los discípulos, esa misma alegría de saber que sí hay una vida mejor, de saber que sí hay esperanzas, de saber que la vida no termina después de la muerte, sino que, cumpliendo con el mandamiento que nos dejó Cristo Jesús, de amarnos y de seguirle, podremos verlo y seguir viviendo con Él y en Él.

Por tanto, mis amadísimos hermanos, vivamos plenamente el Evangelio, dejémonos inundar de la alegría que nos da Cristo Jesús con su resurrección, sigamos el camino que nos conduce a la luz indeficiente, resucitemos nosotros también con Él, dejando nuestras vidas pasadas, y tomando una nueva vida en Aquel que dio su vida por nosotros, y que ahora está sentado a la derecha de Dios Padre.

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