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Y ellos se decían el uno al otro: “Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!” (Lc 24, 32)… Porque cuando el Señor nos habla, sentimos esa felicidad que nada ni nadie nos da, cuando escuchamos al Señor es como si se saciaran todos nuestros deseos, todos nuestros anhelos, todas nuestras aspiraciones.

Y es que es en Él donde deben estar puestas nuestras miradas, si no estamos pendientes en nuestra vida, Cristo Jesús nos llegará como cualquier otra persona, y sólo al final de nuestras vidas, nos daremos cuenta que era Él quien nos acompañaba, era Él quien nos explicaba las Escrituras, era Él quien se nos dio a conocer y nunca le hicimos caso.

Por tanto, mis amadísimos hermanos, no desviemos nuestra mirada de Cristo Jesús, estemos siempre pendientes de los acontecimientos que suceden a nuestro alrededor, estemos atentos al llamado que nos hace en cada instante nuestro Señor Jesús, asistamos a la Eucaristía y escuchemosle explicar las Escrituras, veamosle partir el Pan, que es su Cuerpo que nos ha entregado para nuestra salvación.

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