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Jesús les contestó: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed” (Jn 6, 35)… El pueblo de Israel comió el maná del cielo, del alimento que Dios les entregó para que pudieran sobrevivir en el desierto, ese maná fue el alimento por mucho tiempo de ese pueblo que endureció el corazón y se volvió con el Señor, nuestro Dios.

Pero nosotros, los cristianos, tenemos también ese alimento bajado del cielo para nuestra salvación, Jesucristo es el Pan que realmente da vida, y una vida en abundancia, y así lo dice el mismo Cristo Jesús: “el que coma este pan, vivirá para siempre”; y cual es ese pan? No es acaso el Pan Eucarístico, que es su propio Cuerpo? “El que come mi Carne y bebe mi Sangre vive en mí y yo en él”.

Por tanto, mis amadísimos hermanos, acerquémonos a la Sagrada Comunión, recibamos el Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo, para que cada día nos llenemos de su amor, de su misericordia, de su bondad, de su humildad, de su generosidad, para que así podamos imitarle y llevar su Palabra, y proclamar que Él verdaderamente ha resucitado y nos ha dado una nueva vida, la vida eterna.

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