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Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: “Padre, ha llegado la hora” (Jn 17, 1)… Que impresionante como Cristo Jesús ora constantemente con el Padre, como en cada momento de la oración nos tiene siempre presentes, como hace referencia a nosotros sin desviarse de ese momento íntimo con Dios, y sabe que nos tiene que dejar pero le ruega al Padre que nos envíe el Espíritu Santo para que nos asista y no quedemos solos.

Si meditaramos cada palabra de esta oración, cuanto gozo nos daría el sabernos amados por Él, entendiéramos perfectamente que Él no vino a condenarnos sino a salvarnos, que Él no vino a esclavizarnos sino a liberarnos, que Él no vino a señalarnos sino a justificarnos, que Él vino a abolir la muerte y a darnos nueva vida, y vida en abundancia, una vida llena de amor, de perdón, de misericordia, de salvación.

Por eso, mis amadísimos hermanos, imitemos a Cristo Jesús, oremos constantemente a Dios, aprendamos a escucharle y a seguir sus pasos, sintamos ese amor infinito que nos tiene y dejémonos cautivar por su misericordia, porque de Él es nuestra vida, de Él es todo cuanto tenemos, de Él es toda nuestra alma.

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