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No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma (Mt 10, 28)… Porque en algún momento el alma saldrá del cuerpo, y éste se convertirá nuevamente en polvo, mientras que el alma permanecerá viva, mas bien, temamos a Dios para que al morir podamos llegar a su presencia, para que nuestra alma, que vive eternamente, llegue a su presencia y esté eternamente en la luz.

Pero no temamos a Dios en el sentido de tenerle miedo, todo lo contrario, tomando en cuenta que siempre está con nosotros, que siempre nos guía y que siempre querrá lo mejor para nosotros; temamosle en el sentido de respetarle y cumplir sus mandamientos, de hacer siempre su voluntad y no la nuestra, porque sus planes son mejores que nuestros planes.

Por tanto, mis amadísimos hermanos, llevemos la verdad a todas partes, anunciemos a Cristo a todos los lugares donde vamos, seamos esa imagen de Él, no para que nos alaben, sino para que el mundo crea y sepa que Él vive eternamente, que hay salvación después de esta vida terrena, que hay una esperanza, que hay un Padre que quiere lo mejor para nosotros y que nos ama profundamente.

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