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En seguida tomó Jesús los panes, y después de dar gracias a Dios, se los fue repartiendo a los que se habían sentado a comer (Jn 6, 11)… Porque antes de cualquier cosa todo cuanto tenemos debemos darle gracias a Dios por ello, porque todo cuanto nos llega es por la gracia y la misericordia de Dios, porque de Él nos provienen todas las cosas que necesitamos.

Y no hay mejor momento para dar gracias a Dios por todo cuanto recibimos que en la Eucaristía, momento perfecto donde podemos observar el Gran Milagro, momento especial donde vemos la multiplicación de los panes, momento especial donde toda la asamblea reunida se sienta a comer el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de nuestro Señor Jesucristo, donde toda la Iglesia congregada come hasta sacarse y queda aún de ese alimento que nos une al único Dios vivo y verdadero.

Por tanto, mis amadísimos hermanos, demos siempre gracias a Dios por todas las cosa que recibimos, pero especialmente en la Eucaristía, no dejemos de asistir a ese gran encuentro con nuestro Salvador, que se hace presente verdaderamente en la Eucaristía, pan y vino consagrados y transustanciados en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.

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