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Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed (Jn 6, 35)… Porque Él es el pan que ha bajado del cielo, y si Él es el pan de vida, como volver a tener hambre? Si Él es el alimento que nos envió el Padre, como tener de nuevo sed? Si Él nos dio su Cuerpo y su Sangre para nuestra salvación, por qué no asistir a la Eucaristía? Por qué perderse ese momento íntimo con el Señor que ha venido para saciar el hambre con su Cuerpo?

Y es que, todo cuanto viene del Padre es para nuestra salvación, y si Cristo Jesús ha bajado del Reino de los Cielos, no ha sido para condenarnos, al contrario, ha sido para justificarnos, para darnos nueva vida, una vida que no tendrá fin en Dios, porque quien coma su Cuerpo y beba su Sangre vivirá para siempre, Él permanece en nosotros y nosotros en Él.

Por tanto, mis amadísimos hermanos, busquemos incansablemente ese alimento que Dios nos regala para que vivamos en Él, no dejemos de asistir a la Eucaristía, donde nuestro Señor Jesús se sacrifica por nosotros, donde Cristo Jesús derrama hasta la última gota de su Sangre para nuestra salvación, donde Jesús nos entrega a su Madre para que ella nos cuide y nosotros la cuidemos, y con su muerte se sella la ultima y definitiva alianza con el Padre y así rescatarnos de la esclavitud eterna.

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