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Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, llenaron doce canastos (Mt 14, 20)… Sólo bastaron 5 panes para que una multitud se saciara, porque en la Eucaristía se nos da ese Gran Milagro, todos comemos el pan espiritual y saciamos el hambre que tenemos de Dios, saciamos esa sed que tenemos de la verdad y de la justicia.

Y es que Cristo Jesús vino a ser ese Pan celestial que el Padre ha querido enviar a su pueblo santo, vino a ser la bebida que sacia toda sed que tengamos, Él es la bebida y la comida que nos da la vida eterna, que nos da la libertad, la alegría y la paz, Él es el alimento que nos reconcilia con el Padre, Él es el alimento que da la vida eterna.

Por tanto, mis amadísimos hermanos, mantengamos abierto los ojos del corazón en la Eucaristía, dejemos que el amor de Dios nos invada y nos llene de Él, para que así podamos vivir a plenitud el sacrificio que hizo Cristo en la cruz por nosotros y que se actualiza en cada Eucaristía, en cada encuentro personal con Él.

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