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Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo (Jn 6, 51)… Con este Pan nunca más tendremos hambre, hambre de Dios, porque estamos comiendo al mismo Dios; siendo Jesucristo la segunda persona de la Santísima Trinidad, dejó instituida la Eucaristía donde se realiza el Gran Milagro de convertir el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre, entonces ese Pan que comemos no es pan sino su propio Cuerpo.

Su Cuerpo que nos da vida eterna, su Sangre que purifica nuestro espíritu, su vida que se hace vida en nosotros cuando lo dejamos actuar; y así al comer su Cuerpo y al beber su Sangre, nos convertimos en sagrario de Cristo Jesús, ya que, una vez que comemos su Cuerpo y bebemos su Sangre, Él permanece dentro de nosotros, santificándonos y purificándonos, haciéndonos dignos de comer su Cuerpo.

Por eso, mis amadísimos hermanos, busquemos siempre la manera de alejarnos del pecado, porque el pecado nos lleva a la muerte, y no tanto a la muerte del cuerpo sino a la muerte en el espíritu, el pecado nos aleja de la felicidad y del amor, mientras que si vivimos alejados del pecado y habiendo comido el Cuerpo y la Sangre de Cristo Jesús, permanecemos en la vida, nos convertimos en luz del mundo, luz que proviene del mismo Dios y que nosotros proyectamos a los demás.

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