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Él lo apartó a un lado de la gente, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva (Mc 7, 33)… Esto lo hace con cada uno de nosotros, nos mete sus dedos en nuestros oídos para destaparlos y así poderle escuchar su mensaje de salvación, nos toca nuestra lengua con su saliva para soltarla y poderlo proclamar.

Y es que, como podemos proclamar el Evangelio si no escuchamos su Palabra? Como podemos practicar sus enseñanzas si tenemos los oídos tapados? Y, si no proclamamos el Evangelio como llegará el mensaje de salvación a las demás personas? Además, como se podrá acrecentar nuestra fe si no escuchamos la Palabra de Dios? Que fe vamos a transmitir si no escuchamos de quien vamos a hablar?

Por eso, mis amadísimos hermanos, siempre que asistimos a algún sacramento, dejemos que Cristo Jesús abra nuestros oídos con su Palabra y desenrende nuestra lengua con su Cuerpo, para que así podamos escuchar bien que nos quiere decir y podamos transmitir eficazmente su mensaje de salvación a nuestro prójimo, escuchemos atentamente en todo momento su Evangelio para que podamos ponerlo en práctica y nuestros hermanos vean con sus propios ojos la transformación que Él ha hecho en nosotros.

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