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Tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo: “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe” (Mc 9, 36-37)… Porque no hay algo tan puro como un niño, porque la inocencia de los niños no tiene límites, y eso es lo que quiere de nosotros Cristo Jesús, que seamos sencillos, humildes, inocentes, puros de corazón, porque de esa manera la Palabra de Dios queda más fácilmente en nuestras vidas y es más fácil cambiar y moldear nuestro corazón.

Y es que, si queremos entrar al Reino de los Cielos, no sólo debemos recibir a los niños, sino que tenemos que ser como ellos, debemos estar prestos a recibir la Buena Noticia con el corazón siendo humildes, siendo sencillos, para poder acoger verdaderamente esa Palabra como debe ser, porque el corazón obstinado, soberbio, engreído, mal humorado no es capaz de percibir el gran amor que nos tiene Dios, la gran misericordia que tiene con cada uno de sus hijos.

Por eso, mis hermanos muy amados, volvamos a ser niños, sencillos, humildes, sin rencores, limpios de corazón, sin maldad, porque así obtendremos una valiosa recompensa en el Reino de los Cielos, porque siendo así nos ganaremos una gran y maravillosa recompensa, la vida eterna junto al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, la vida llena de amor y felicidad.

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