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El que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido (Lc 14, 11)… Y sólo aquel que es humilde es capaz de humillarse delante de Dios, pero no humillarse en cuanto a vejarse, en cuanto a dejarse maltratar, sino reconociendo humildemente que necesito de alguien más para poder seguir adelante.

Humillarse es saber que no el centro de todo, sino que el centro es Cristo Jesús y que nosotros somos apenas unos trabajadores de Él, que los méritos que tenemos es gracias a su misericordia y al empeño y esfuerzo que nosotros colocamos a las tareas que tenemos.

Así que, mis amadísimos hermanos, no dejemos que la soberbia anide en nuestro corazón, no dejemos que el egoísmo sea parte de nuestro ser, no permitamos que la vanagloria y el egocentrismo habite en nosotros, mas bien, reconozcamos nuestras limitaciones, reconozcamos nuestras imperfecciones, y dejemos que el amor de Dios entre en nuestras vidas y nos transforme cada día más en sus servidores, en sus colaboradores, para llevar ese mensaje de salvación a todos los pueblos.

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