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Está escrito: Mi casa es casa de oración (Lc 19, 46)… Y cuál es su casa? Será algo construido por manos de hombres? Será posible que Él puede habitar en algún templo? O, será acaso que Él quiere habitar en un lugar más íntimo, un lugar donde nosotros lo podamos encontrar más rápido? No será acaso que quiere por casa nuestro corazón?

Por eso debemos ir limpiando nuestro corazón de tanto polvo que entra a él, debemos ir eliminando las cosas que no nos sirven para que Él pueda habitar tranquilamente en su casa predilecta, debemos ir revisando periódicamente nuestros corazones e ir echando a la basura todo cuanto nos estorba, comenzando por las más pesadas: Nuestros pecados.

Por tanto, mis amadísimos hermanos, no dejemos que los mercaderes habiten en nosotros, que los pecados capitales no sean parte de nuestras vidas, porque mientras más pecados acumulemos más lejos está Dios de nuestros corazones, y no porque Él quiera estar lejos de nosotros sino porque nosotros lo alejamos siempre que pecamos, nos apartamos más y más de Él; purifiquemos nuestros corazones en el sacramento de la reconciliación para que Él pueda entrar libremente a nuestras vidas y consiga en nosotros un verdadero hogar.

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