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Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído (Lc 2, 20)… Y cómo no alabar a Dios después de haber visto uno de los milagros más grandes que la humanidad pueda ver? Dos acontecimientos que no volverán a ocurrir, ver a una niña que ha dado a luz y sigue permaneciendo virgen, el gran don de ser la Madre de Dios y al mismo tiempo permanecer virgen, y el otro acontecimiento es ver como Dios se hizo hombre, ver como Dios quiso nacer y hacerse uno de nosotros.

Y quién podrá callar tan majestuoso acto? Quién no glorificará a Dios después de ver tan elevado amor por nosotros? Ver a Dios envuelto en un pañal debe deslumbrar no sólo los ojos sino también el alma de quien vea tan maravilloso suceso, porque ver la majestuosidad de un Dios misericordioso delante de nosotros nos debe llevar a darle gloria, honra y honor, porque ver la grandeza de un Dios que es cercano a su pueblo recostado en los brazos de una niña, su Madre, lleva al corazón del ser humano a alabarlo y a glorificarlo.

Por eso, mis amadísimos hermanos, ya que hemos tenido la dicha de haber visto el nacimiento del Dios amoroso, sólo nos queda proclamar su gloria y su omnipotencia, sólo nos queda anunciar a todos los pueblos tan glorioso acontecimiento, de un Dios que quiso ser uno de nosotros, que deseó nacer de una mujer y adoptar nuestra carne mortal para darnos una vida inmortal, sin límites, lleno de su amor y de su misericordia infinita.

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