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Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días (Lc 4, 1 – 2)… Que frase tan impactante, “Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto”! Y que tendría que hacer Jesús en el desierto? Precisamente eso, ser tentado por el demonio, estar cara a cara con el demonio, pero más allá de eso era estar cara a cara con Dios, con el Padre amoroso, para iniciar su vida pública con mucha fuerza.

Y esta realidad no está lejos de la nuestra, “ser tentado por el demonio”, y son tantas veces que debemos ir al desierto para encontrarnos con Dios y preferimos ser tentados por el demonio, son tantas las veces que el Espíritu nos empuja para tener ese encuentro íntimo y amoroso con Dios, pero preferimos irnos y guiarnos por los placeres de este mundo, preferimos dejarnos arrastrar por las tentaciones del dominio.

Así que, mis amadísimos hermanos, dejemos arrastrar por el Espíritu hacia el desierto, dejemos llevar por el Espíritu hacia ese encuentro amoroso e íntimo que desea tener Dios con cada uno de nosotros, no sólo para estar en intimidad con Él sino para darnos fuerzas para seguir adelante en este mundo y así poder superar las tentaciones del demonio que está esperando nuestro momento de debilidad, nos acerquemos a él para que caigamos en sus redes y devorarnos como león rugiente.

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