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Todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido (Lc 18, 14)… Estos han sido los casos del fariseo y el publicano, el fariseo lo único que hace en su “oración” es alabarse a sí mismo y no da espacio a Dios para que le hable y actúe, mientras que el publicano hace exactamente lo contrario, se reconoce a sí mismo pecador, sabe que necesita la ayuda de Dios y deja que Él actúe en su vida.

Y es que la vida del cristiano debe ser una constante oración con Dios, reconociéndonos pecadores y dejando que Dios mismo nos hable, que Dios mismo actúe en nuestras vidas, reconocer con humildad que somos débiles y caemos fácilmente en la tentación, que no nos valemos por nuestras propias fuerzas sino que necesitamos de la ayuda de Él para salir adelante.

Por tanto, mis amadísimos hermanos, como preferimos orar, creyéndonos mejor que los demás y señalando a todo el mundo como pecador, o siendo humildes y reconociendo nuestros pecados y dejando actuar a Dios en nuestras vidas? Estamos dispuestos realmente a confiar plenamente en Dios y humillarnos delante de Él?

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