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Jesús dijo a los fariseos: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en la oscuridad y tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12)… Qué gran oportunidad tenemos nosotros de ver todos los días esa luz ineficiente! Ya los antiguos padres quisieron ver lo que vemos nosotros, sólo Moisés pudo conseguir la gracia de que Dios le mostrara una parte de Él.

En cambio, todos los días, por la infinita misericordia de Dios, lo podemos ver tal cual es, esa luz que no tiene ocaso, esa luz que no se extingue nunca, y que nos da la vida en abundancia, la luz que alumbra nuestro camino hacia la salvación eterna, ilumina nuestro ser y nos hace caminar por el sendero de la vida.

Por tanto, mis amadísimos hermanos, dejémonos iluminar por Cristo Jesús, dejemos que Él inunde nuestra vida con su luz y con su amor, para que así podamos dar testimonio de su vida en nosotros, para que seamos testigos reales de su amor, de su misericordia, de su perdón, de su bondad, de su gracia.

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