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Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna (Jn 3, 14 – 15)… Y para eso Él ha venido, para salvarnos a todos de la muerte eterna, vino para entregarse para nuestra salvación, para ofrecerse a sí mismo por todos nosotros.

Ése es el amor de Dios para con nosotros, que envió a su Hijo unigénito para el perdón de nuestros pecados; si por uno vino la condenación de la humanidad, por uno debía entrar a la humanidad la salvación, pero Ése debía ser puro, sin mancha, sin pecado, y quién podría ser sino el mismo Dios hecho hombre, quien se ofreciese a sí mismo para saldar la deuda que nosotros debíamos, y debemos todavía.

Por tanto, mis amadísimos hermanos, miremos la cruz de Cristo Jesús, miremos detenida y detalladamente el madero por el cual llegó a nosotros la salvación, adoremos a Cristo Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, quien sufrió por nosotros para que nosotros no sufriéramos eternamente, que quiso hacerse hombre y experimentar las tentaciones que nosotros padecemos, no para condenarnos sino para justificarnos.

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