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Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud (Lc 9, 16)… Y en cada Eucaristía sigue levantando los ojos al cielo, pronuncia la bendición y reparte los panes a todas las personas que a ella asisten, cada día se renueva ese Milagro Eucarístico, cada día revivimos profundamente como Cristo Jesús multiplica el pan para todos quienes asistimos a su Gran Banquete Celestial.

Ese pan celestial que es su propio Cuerpo, que no sólo nos alimenta físicamente sino también espiritualmente, ese pan que durante la pronunciación de la bendición, el mismo Espíritu Santo santifica los dones presentados en la mesa del sacrificio perpetuo, en el que Dios mismo quiso entregarse para la salvación de cada uno de nosotros, no se entregó por sus pecados, porque no tuvo, sino por los pecados de todas las personas, por las faltas que cometemos a diario en nuestras vidas.

Por tanto, mis amadísimos hermanos, no dejemos de vivir la Eucaristía como debe ser, entregándonos en ese mismo sacrificio que Él hizo una vez y para siempre, derramando su Sangre para perdonarnos así de toda nuestra culpa y librándonos de la esclavitud del pecado y de la muerte.

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