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​Yo les aseguro que si el grano de trigo sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo (Jn 12, 24)… Y es que las muerte es parte del testimonio que todo cristiano debe dar, la muerte de sí mismo por seguir a Cristo Jesús es el mejor testimonio que toda persona puede dar, y más aún cuando esa muerte se hace real cuando se entrega la vida y se da la muerte física.
Y ya desde el inicio, con los primeros cristianos, los frutos de la Iglesia son los mártires, que entregaron su vida por el Evangelio, dando testimonio de una fe viva, animada por el amor de Cristo y hacia Cristo, porque después de la muerte tendremos una vida mejor, porque si no morimos, cómo podremos ver el rostro de Dios? Cómo podremos ser igual a Él, tal cual es Él?
Así que, mis amadísimos hermanos, hagamos como dice San Pablo, que nuestra muerte sea una victoria, una victoria para Dios, vivamos añorando esa muerte de nosotros mismos hacia los bienes de este mundo, añoremos esa muerte de nuestro cuerpo para poder vivir esa vida eterna en el Padre, pero no busquemos la muerte como una solución a nuestros problemas, no como para salir de una situación angustiosa, sino porque deseamos con nuestro ser vivir eternamente en la luz que nunca se apaga, en el amor que nunca se acaba, en la vida misma que es Dios.

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