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​Salgan, pues, a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren (Mt 22, 1 – 14)… Primeramente, el pueblo escogido por Dios no quiso aceptar su invitación a la salvación buscando y actuando dioses extranjeros, asesinando a los que han sido enviados para invitarlos a la vida eterna, al gran banquete eterno.
Pero al final los tiempo vino el propio Hijo a invitarnos, no sólo a los primeros elegidos del Padre, sino también a todos nosotros, que andábamos por nuestra cuenta, buscando a Dios en todas partes pero sin encontrarlo, pensando que cualquier cosa, imagen, animal o persona era el verdadero Dios, hasta que Él mismo se nos manifestó, nos invitó a su banquete, y se entregó por nosotros, para que disfrutemos plenamente de su boda con la Santa Iglesia.
Así que, mis amadísimos hermanos, aceptemos con firmeza la invitación que Cristo Jesús nos hace, recogiéndonos de los lugares más bajos, sacándonos de la inmundicia en la que nos encontrábamos, limpiándonos con su sangre de toda mancha y colocándonos el traje apropiado para entrar al festín que el Padre tiene preparado para su Hijo.

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