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​Porque el que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será enaltecido (Lc 14, 1 . 7 – 14)… Pero esta humillación debe ser delante de Dios y no delante de los hombres, es reconocer que Dios es más grande que nosotros, no que lo es otra persona.
Y es que la humildad no proviene de un estatus social, la humildad proviene del fondo de nuestro corazón, la verdadera humildad nos acerca cada vez más a Dios, nos hace seguir el ejemplo de Cristo Jesús que, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que se anonadó a sí mismo y quiso pasar por uno de nosotros, se hizo semejante a nosotros menos en el pecado, y así nos reconcilió con el Padre, amando en nosotros lo que en Él amaba.
Así que, mis amadísimos hermanos, sigamos el ejemplo que nos dejó Cristo Jesús, seamos mansos y humildes de corazón, siendo Dios quiso morir como el peor de los delincuentes, y todo por amor a nosotros, todo por querer que vivamos junto a Él en el Reino los Cielos.

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